Pablo Ojer

 

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Londres es una ciudad de locos y para locos. Supongo que sera parecido al resto de las grandes  capitales pero para los que somos de provincia, la verdad es que se nos hace la cosa mas rara del mundo.

Supongo que tendre que contar algo de mis primeros dias. Estoy contento, porque hoy he empezado a comprender alguna palabra del altavoz del metro. Pero la verdad es que no me entero practicamente de nada de lo que me dicen, y con dificultad me hago entender. El  primer dia me queria morir. Porque no habia avion a las doce y media, que si no ya estabapor aquellas tierras. Pero poco a poco ya voy estando mas a gusto.

LONDON

Londres era una ciudad inmensa...qué digo una ciudad inmensa, Londres era como cuarenta ciudades juntas que sumaban casi ocho millones de universos. Por supuesto, muchísimo más grande de lo que yo había visto hasta ese momento, incluso mayor que cualquiera que me hubiera podido imaginar.

Quizá mi primera sensación de Londres no era la esperada... ¿Qué coño hacía yo en Londres? El pequeño aeropuerto de Stansted me pareció una inmensidad en comparación con el aeropuerto internacional sin parangón de modernidad que había dejado atrás. Tres cuartos de hora de pie en un viejo tren por el módico precio de 13 libras para llegar a... ¿dónde estoy? Liverpool Street, vale, pero... ¿dónde estoy? Me bajé del tren, subí unas escaleras mecánicas. Un ligero empujoncito acompañado de un “excuse me” me recordó que, como en Madrid, en todas las grandes ciudades hay que subir las escaleras por la derecha, para dejar paso a quienes tienen prisa. Al finalizar la ascensión, una marea humana dirigiéndose hacia la izquierda me impidió avanzar. Una nueva marea estuvo a punto de llevarme en volandas hacia la derecha. El peso de la enorme maleta impidió que me arrastraran. Finalmente la multitud que se agolpaba en mi espalda me obligó a avanzar. ¿Dónde estoy?

Una voz que se escuchaba a través de los altavoces confirmó algo que hacía un buen rato que sospechaba. No tenía ni idea de inglés. Lo que había aprendido en la escuela y la universidad no se parecía lo más mínimo a esa sarta de sonidos incomprensibles que transmitían los ingleses.

La sensación de agobio se hizo incluso más extenuante que la marea de gente corriendo de un lado a otro. Tenía que salir de esa hecatombe como fuera. Allí, al fondo, logré ver lo que parecía ser una de las puertas de salida de la estación. Me dirigí hacia allí.

Efectivamente, era la salida de la parte sur de la estación, que daba precisamente a Liverpool Street esquina con Bishops Gate. ¡Dios mío! Esos edificios eran preciosos. Esa imagen sí que se parecía a lo que yo pensaba que sería Londres. Pero la marea de gente no se había quedado en el interior de la estación. Continuaba en la acera de aquí, y en la del otro lado de la calle también, y salía a mares de la estación y entraba a todo correr en busca de un tren que les llevaría a otra marea, en otro lugar.

Había gente de todas las pintas habidas y por haber. Eso sí, abundaban los yuppies. En el viaje en tren del aeropuerto de Stansted a Liverpool Street me había dado tiempo a echar un vistacillo al A-Z con los planos de la ciudad y sabía que cerca de ahí estaba la City con todos los edificios de oficinas, los grandes negocios de la ciudad y por ende, del mundo. Pero también había personas con unas pintas realmente curiosas, los famosos punkies, ya extintos en otros lugares del planeta, gente que buscaba desesperadamente alguien que les pudiera vender aunque sea una papelina, gente que buscaba que les compraras aunque sea una china pequeña, turistas, muchos turistas que estaban de paseo, recién llegados a la ciudad o yendo al cercano mercado de Spitafields sin los agobios del fin de semana. Había gente europea, blancos como la cal, negros en toda la gama de tonalidades posibles, muchísimos asiáticos, sudamericanos,...

Sin poder dejar el agobio en el interior de la estación de tren y metro, decidí relajarme. Me planté en medio de todo aquello, entre la oleada que entraba y la que salía, sin hacer caso ni importarme por los esquivos que tenía que dar la gente para evitarme. Dejé la maleta apoyada en el suelo verticalmente, me senté sobre ella, saqué el paquete de cigarrillos y tranquilamente me dispuse a degustar su sabor y a dejarme narcotizar por su nicotina. El McDonalds que quedaba a mi izquierda me tentaba enormemente. Sabía que posiblemente esa sería la mejor comida que podría ingerir en aquel país sin dejarme un capital. Pero, sinceramente, todavía podría aguantar degustando, aunque fuera mentalmente, el desayuno que me había preparado esa misma mañana en mi casita. Sin embargo, el bar que quedaba justamente enfrente de mí sí que tenía mejor pinta. Era un bar enorme de dos plantas, con una fachada típicamente inglesa, de esos que salen en las películas. Pero qué demonios, lo primero que tenía que hacer era ir al piso, dejar las cosas y darme una ducha bien larga para relajarme y así poder pensar y darme cuenta de dónde estaba,...¡En Londres, coño, estaba en Londres!

- ¡Taxi! Are you free?

- Yeah, sure.

- I want to go to Gerridge Street SE1.

- Ok.

¡Dios santo! ¡Me había entendido! ¡Londres era una auténtica maravilla! Sus casas señoriales, sus edificios inmensos, estilo victoriano, isabelino, neoclásico, alguno rococó incluso pedante,...pero también los había modernos, muy modernos, con toda la fachada de cristal, con forma rectangular, piramidal, como si fueran obeliscos, incluso había un edificio, el Gherkin, pepinillo en español, expresión que en inglés tiene un segundo significado. Entre un estilo y otro, a cada cual más hermoso, se entremezclaban cubículos absolutamente cuadrados con ladrillo rojo, gris o blanco sin apenas ventanas, como esos cuchitriles que aparecen en las películas de la miseria de la segunda revolución industrial. Una auténtica maravilla. Y vaya atascos. Pero lo peor era que el taxi contaba por tiempo de circulación, no por distancia recorrida, así que mi primera experiencia londinense me iba a salir por un buen pico. Aunque siendo positivos, los atascos me permitieron poder admirar más tiempo las edificaciones londinenses.

Una de las impresiones más alucinantes que me tocó vivir en esos primeros instantes en la capital del Reino Unido fue la parada que tuvimos que hacer por la elevada intensidad de tráfico en Westminster Bridge, justamente entre el Big Ben y las casas del parlamento por un lado y los imponentes edificios del London Aquarium y del Dalí Universe. Eso era algo como para cortar la respiración. Lástima que la parada tan sólo durase tres minutos. Enfilamos Westminster Bridge Road hasta llegar a Gerridge Street, la calle donde estaba mi pisito. La zona no estaba nada mal. Mayoritariamente eran edificios modernos, pero que no perdían ese toque vetusto tan británico, realmente resultaba muy coqueto. En medio de la coquetería, se alzaba un conjunto de tres edificios en forma de T que desentonaban absolutamente del resto del conjunto. Ahí, en uno de ellos iba a vivir yo.

Le pagué cristianamente al taxista, lástima que él no me cobrara cristianamente. Twenty pounds and thirty pennys por una mierda de viaje dentro de la misma ciudad. Eso es un robo y no lo del tren de Glasgow. Pero como no me quedaba otro remedio, pues ya está. Eso sí, la propina se la iba a dar su padre.

Joder, no pensaba que el aspecto del edificio podía ser tan cutre, y menos viendo la zona en la que estaba. Me acerqué al portal, el telefonillo era una especie de calculadora con los nueve dígitos y luego otro botón para llamar y uno más para cancelar la llamada. Presioné el botón del uno y el del ocho y luego llame. Directamente me abrieron la puerta. Era un pasillo enorme con las puertas de las viviendas de la planta baja a la derecha. Del número siete salió una señora de color, me dijo algo, yo me limité a sonreír. Al fondo del pasillo se encontraba el ascensor. Entré y marqué el segundo piso, donde estaban los apartamentos del once al veinte. Otro larguísimo pasillo, esta vez en sentido contrario con un suelo parecido a esa especie de goma negra que ponen en las duchas de las piscinas, resultaba realmente desagradable, e incluso asqueroso. Por fin llegué hasta la puerta que tenía un dieciocho dorado justo encima de la mirilla. Presioné el timbre. El ruido era estridente y aterrador. Vamos, si ese timbre no se oía dentro era porque el habitante ya se había tirado por la ventana.

Me abrió la puerta un chaval, parecía chino. Bueno, al menos oriental. Nunca había conseguido distinguir la nacionalidad de las personas con rasgos asiáticos por más que aquella compañera de piso coreana de mi primer año de carrera se esforzara un día tras otro en explicarme las diferencias físicas entre un chino, un coreano, un japonés y un filipino.

- Hi! You must be Patxi, isn’t it?

- Yes, I am. How are you?

- Fine, thanks. My name is William, but come in, come in.

Entré en el piso, en el que iba a ser mi nuevo piso, al menos durante la próxima temporada. ¿La primera sensación? Horrible, casi tan mala como la que me había dado el bloque en general. El apartamento tenía un aspecto de viejo que no se tenía en pie. Lo primero que me encontré fueron unas escaleras casi sin espacio de recibidor. El suelo, eso sí, estaba enmoquetado, cosa que no me gustaba nada, más por costumbre que por ninguna razón en particular. Ocho peldaños más abajo había dos puertas. La primera era la de la cocina. Una cocina más bien pequeña con una enorme mesa redonda y una televisión sobre la encimera de unos armarios de suelo. Al fondo, junto a la fregadera un enorme ventanal absolutamente sucio que daba la impresión de que la calle estaba con niebla eterna.

Allí, William me dio las  llaves del piso, la grande para la puerta de abajo, la redonda para la puerta de arriba, una especie de llave más antigua para lo que se suponía que era la cerradura de seguridad de una puerta que se caería nada más soplar como el lobo del cuento de los tres cerditos. Finalmente una llave de cabeza rectangular para mi habitación.

- I suppose that you’ll want to take the badges on your bedroom. It’s here, the next door.

- Oh, thank you.

La habitación ya estaba un poco mejor, pero sólo un poco, tampoco se vayan a creer. Era grande, muy grande. En ese aspecto había tenido suerte. Una enorme cama en medio escoltada por dos cómodas blancas que hacían la vez de mesillas de noche. En la pared opuesta a la cabecera de la cama un enorme armario donde tenía espacio más que de sobra para la ropa que había llevado. No era demasiada, pues la limitación de peso en el equipaje y unos cuantos libros que pesaban lo suyo me impedía acarrear con más prendas de vestir. A la derecha un enorme ventanal que daba a un coqueto jardincillo rodeado de una pequeña valla y al otro lado del jardín, una pista rodeada de una valla metálica al estilo de las pistas de baloncesto del Bronx neoyorquino y un pequeño parque infantil.

Después de revisar la habitación y comprobar los cajones que había y darme cuenta, no sin cierta decepción para mi curiosidad, que no había ningún resto del inquilino anterior, dejé la maleta en el suelo, la abrí y ordené la ropa en el armario. Saqué mi pequeño equipo de música de 39 euros en Carrefour y lo dejé sobre una de las cómodas. Busqué en uno de los bolsillos laterales de la maleta los enchufes trifásicos que había comprado para el viaje. Siempre me llamó la atención la personalidad tan personal de los ingleses. ¿Para qué coño querrían tener esos enchufes si en todo el resto del continente utilizábamos los difásicos de toda la vida? Claro, luego no me extraña ese  conocido titular de The Times de comienzos de siglo que decía algo así como “Niebla en el Canal, el continente está aislado”.

Una vez enchufado el radiocassette, sin ni siquiera molestarme en comprobar las emisoras radiofónicas que podía coger allí, introduje un disco compacto con un poquito de música española. Que al menos, pudiera escuchar algo que entendiera. Después de mis primeras horas en Inglaterra, la verdad es que necesitaba algo que me hablase directamente a mí, en mi idioma, que no tuviera que andar pensando qué me habrá querido decir. Cómo no, tenía que comenzar mi estancia en el maravilloso Londres con un poco de Joaquín Sabina. Inmediatamente recordé que mi cantante preferido había estado viviendo unos cuantos años en la capital británica. Me tumbé en la cama e intenté adivinar si Sabina se habría sentido tan perdido como yo la primera tarde que pasó en aquella ciudad.

Lo justo habían pasado un par de canciones del disco Juez y parte, al llegar a Ciudadano Cero, que narraba algo parecido a como me sentía y, en el fondo a como me quería sentir, llamaron a la puerta. Por un lado me apetecía estar solo, reflexionar y, quizá, arrepentirme, de la decisión que había tomado. Pero, por otro lado, agradecí una presencia que me distrajera que me recolocara en el lugar en el que me encontraba. En Londres, nada más y nada menos. Era William, mi recién conocido compañero de piso.

- ¿Te apetece salir a dar una vuelta? Quizá quieras conocer un poco esta ciudad.

- Sí, me vendrá muy bien para situarme y ver un poco dónde están las tiendas, paradas de metro y, por supuesto, los bares.- me reí un poco forzadamente. Quería caer bien a pesar de que no tenía muchas ganas de sonreir.

- Situar los bares es lo más importante, ja, ja, ja. Desde luego.

     Al menos William y yo compartíamos un sentido del humor parecido, posibilidad en la que no había caído dadas nuestras diferencias culturales. Si es que el humor, como el amor, es universal, multicultural, extragenérico y no sé cuántas cosas buenas más.

Nuestro edificio era realmente desagradable, parecía estar fuera de lugar. Porque el barrio era bonito, con calles amplias, lleno de jardines, por supuesto, y muy agradable. Aunque quizá por la noche resultara algo solitario, pero tampoco era plan de ir siempre pensando en la posibilidad de ser objeto de un atraco. Como se suele decir, con gran dosis de razón, cuando toca a quien toca, esté donde esté, le atracarán, como si quiere estar enfrente de la mismísima comisaría del distrito. En los primeros veinte minutos del paseo hicimos un rápido recorrido por lo más significativo de la zona. El kiosco de chucherías, periódicos, tabaco y otros productos típicos. Por supuesto estaba regentado por un grupo de hindúes, algo que posteriormente me daría cuenta de que era lo habitual en aquella ciudad.  En cuanto a supermercado, en realidad tenía dos cercanos: Iceland y Sainsburys. Según William, el primero era más barato, pero el segundo tenía más variedad de productos. Eso sí, en cuanto a comida, mejor no pensar mucho las cosas a la hora de comprar, nada que lo que allí había era decentemente comestible, así que lo más adecuado era coger directamente lo más barato, pagar y salir del establecimiento sin darle demasiadas vueltas. ¿Lo mejor? La gran variedad de chocolatinas para media mañana y media tarde y las galletitas para el café de la noche hogareña. Un poco más allá del Iceland y justo al lado de Sainsburys se encontraba Waterloo Station, donde se podía utilizar el metro y el Eurostar que llevaba directamente a través del Canal de la Mancha a París. En la misma estación, además, había un montón de tiendas de gran utilidad. Desde un Marks and Spencer hasta un WHSmith, que era un kiosco con la mayor parte de las publicaciones periódicas del país, librería y papelería. Aprovechamos que habíamos llegado hasta allí para bajar a la estación de metro y dirigirnos al centro.

Unas paradas más allá, y mientras ascendíamos las escaleras que conectaban la estación con el mundo exterior hice realidad uno de los sueños más deseados de mi vida. Nos encontramos de golpe con el increíble panel publicitario de Picadilly Circus, y un poco más aquí, la famosa estatuilla de Eros. A aquellas horas, ya estaba totalmente oscurecido, por lo que el efecto fue, si cabe, todavía mayor. Nada más ascender el último escalón, me paré un instante, cerré los ojos, respiré ampliamente, aunque el aire no era precisamente lo más maravilloso de aquella contaminada zona donde el tráfico era incesante las veinticuatro horas del día. Abrí nuevamente los ojos. Efectivamente, me encontraba en Picadilly, no se trataba de un sueño más de los muchos que había tenido, era real. El ambiente multicultural, donde prácticamente nadie era londinense, y todos lo éramos un poco, aquel juego de luces, auténticas obras de arte, y un conjunto de edificios señoriales y majestuosos invadidos, paradójicamente, por los mayores centros de ocio y consumo, creaba un conjunto absolutamente onírico.

Pasados los instantes de éxtasis, y siendo el objetivo de la mirada risueña y la risa de William, continuamos la visita a la ciudad y me dejé guiar por mi nuevo compañero de piso. Nos dirigimos por Coventry Street hasta la mítica plaza de Leicester Square. Pero por el camino, apoyado en el escaparate de un Burguer King, nos encontramos con un personaje que se convertiría para mí con uno de los símbolos de la ciudad. Allí estaba “El loco Nick y su cono musical de tráfico” como rezaba el cartel que tenía a su lado. El hombre era un indigente que se dedicaba a canturrear viejas y conocidas cancioncillas a través de un cono de esos que se ponen en las carreteras para separar carriles o para advertir de la presencia de algún vehículo parado.

Leicester Square era uno de los centros neurálgicos de la ciudad, tal y como me explicó William. Se trataba de una plaza, en cuyo centro había un jardín. En los edificios que la rodeaban destacaban sobremanera los cines, especialmente los Odeon, donde se celebraban los grandes estrenos de la capital británica, que en numerosas ocasiones suponían el estreno en Europa de las películas hollywoodienses. Precisamente ese día se estrenaba una película y ya estaban dispuestas las vayas que protegerían a Nicole Kidman como estrella principal y al resto de actores y equipo del rodaje. No me podía creer que apenas dos horas después la mismísima Nicole Kidman pisaría ese mismo lugar. Ya me imaginaba a las grandes estrellas del celuloide caminando por la alfombra roja ante la presencia de cientos de adolescentes locas por conseguir su deseado autógrafo. Bueno, la verdad es que a mí tampoco me importaría tener el de alguna actriz que otra. E, incluso, poder estar cerca de ella, tocarla, decirle algo, aunque fuera con el cochambroso acento español que me hacía hablar mal y apenas hacerme entender. Menos mal que William tenía una paciencia infinita conmigo y se esforzaba al máximo por adivinar lo que trataba de decir.

Decidimos abandonar momentáneamente la magia cinematográfica y glamourosa de Leicester Square para adentrarnos en otra magia, quizá mucho más mágica, aunque, eso sí, con menos glamour. Cogimos Charing Cross Road y luego Shafestbury Avenue para terminar a través de Frith Street en pleno corazón del barrio de Soho, sin duda alguna, la zona más cosmopolita, extravagante, alucinante y atractiva de Londres. Preciosas prostitutas nos hicieron volvernos al llamar para que nos introdujésemos en los locales donde trabajaban y pasasemos un rato de lo más agradable, pero de lo menos económico. En Soho Square, donde a las parejas les gustaba sentarse en la hierba del jardín central en los meses de primavera y verano, la gente, con todas las pintas habidas y por haber, se trasladaban de un lugar a otro con la rapidez que solicitaba el intenso frío que comenzaba a sacudir nuestros cuerpos. Allí, muy cerca, se situaba The Edge, uno de los bares más conocidos de la zona y donde se reunían para bailar y disfrutar numerosas parejas gays, sobre todo masculinas, que se dejaban ver y exhibir a través de las enormes cristaleras del local. Unas calles más adentro, William me llevó hasta el bar G.A.Y., cuyas letras nunca supe qué significaban exactamente, pero que como el nombre indicaba, también era frecuentado, como todo el barrio, por homosexuales. Sin decir palabra, mi anfitrión por esa noche, entró en el local. Me encantó, era muy chic, con numerosos monitores de televisión en las paredes donde se reflejaban los últimos videos musicales del momento. Unas luces azules oscuras introducían en un agradable ambiente donde se podía encontrar tanto la intimidad como la luz necesaria para bailar un rato o mantener una tranquila conversación. En ese bar también abundaban las parejas gays, pero no en número tan generalizado como en The Edge. Como no sabía lo qué pedir ni lo que se bebía en ese lugar, ni tan siquiera en esa ciudad, me limité a pedir una simple cerveza, una Stela Artois. Ya tendría tiempo en las siguientes semanas y meses de degustar las bebidas más in que luego narraría con orgullo y soberbia a mis amigos.

- Esta zona me encanta.- me contaba William- Es completamente diferente a lo que yo conocía de Holanda. En tu ciudad, ¿hay zonas como ésta?

- Pues no, la verdad es que es la primera vez que estoy en un sitio así. Hombre, en Madrid, por ejemplo, está el barrio de Chueca, que es bastante parecido. Pero para mí es la primera vez que vengo a un barrio eminentemente gay.

- Lo que más me gusta del Soho, es que se respira un aire de tolerancia enorme. Aquí es igual que seas gay, heterosexual o asexual, que siempre eres bien recibido.

- Ya veo- comenté mientras me fijaba en las personas que se encontraban a mi alrededor. Las había de todos los estilos urbanos, con pareja, solitarios, en cuadrilla,… y todos parecían encontrarse a gusto, relajados, sin problemas.

- Además, no sé por qué, pero en esta zona es más sencillo entablar conversación con la gente, aunque no les conozcas. En el resto de Londres es más complicado, si no conoces a alguien.

- Mira, en eso, se parece Londres a mi ciudad, que para cuando hablas con un desconocido, y no te digo ya ligar, tienes que intentarlo cuarenta mil veces.

- ¿Cuarenta mil?

- No, hombre, es una expresión típica, no tienes que tomártelo literalmente. Simplemente significa que es muy complicado que la gente se abra a conversar con alguien a quien no conocen.

     La Stela Artois era muy suave, más de lo que estaba acostumbrado, pero me sabía muy bien. Para ser mi primera bebida en Londres, aunque no era de esas raras que me esperaba, era buena, no había sido un mal comienzo. Un chaval se me acercó y me dijo algo raro, en inglés. Pero yo todavía no había cogido el acento británico ni me había acostumbrado a sus expresiones ni a que me hablaran tan rápido. La verdad es que tardaría unos cuantos días más. Pero no tardé mucho en entender lo que quería decirme, me cogió el hombre y me acarició el brazo. Yo me corté muchísimo. Repito que no estaba acostumbrado a ese tipo de situaciones.

- No, no, sorry, I’m here with my friend just drinking a beer.

- Oh, excuse me.

     Uf, vaya situación más comprometida. Supongo que sería algo normal en Londres, y más cuando entras en un bar gay, pero yo no estaba acostumbrado.

- Bien, ahora ese chaval piensa que tú y yo somos pareja- rió William.- Ya te acostumbrarás. Al fin y al cabo, es igual que si te entrara una chica.

- Ya, pero, my god, no sé, así de repente…

     Y nos reímos los dos a carcajada limpia. No había sido mal comienzo, en absoluto. Tan sólo llevaba unas horas en Londres y ya tenía los bolsillos llenos de anécdotas que contar a mi familia y a mis amigos.

Había sido un comienzo de mi estancia en Londres de lo más trepidante, lleno de acciones, anécdotas y nuevos conocimientos y experiencias. Pero a la mañana siguiente debía presentarme en el Burguer King de Walworth Road para empezar a trabajar, tal y como indicaba en la oferta de trabajo a la que me apunté en mi ciudad.

Estaba nervioso, muy nervioso. Trabajar en un lugar así no era precisamente un sueño cumplido para mí. De hecho, siempre había comentado con mis allegados que en caso de encontrarme en paro algún día, estaba dispuesto a trabajar en cualquier cosa excepto de camarero y en un Burguer King o McDonalds, y allí estaba yo, a punto de comenzar a trabajar en uno de esos lugares a lo que había renunciado por anticipado. ¡Ni tan siquiera me gustaban las hamburguesas! Pero por la oportunidad de poder vivir en una ciudad como Londres creo que merecía la pena rebajarme hasta ese punto. Si no, de otra manera, no hubiera podido decir que estaba viviendo en la ciudad más cosmopolita, extravagante y extraordinaria de Europa, una experiencia que no todo el mundo podía decir que había hecho… bueno sólo siete millones y medio de personas en esos precisos momentos. Pero ¿qué son siete millones y medio frente a los seis mil millones de personas que habitan el planeta? Definitivamente me debía sentir todo un afortunado… creo.

Mi jefa en Burguer King era Cindy, una gorda británica pero, eso sí, muy simpática y agradable. En un instante me explicó que yo me situaría en la parte de atrás del restaurante de comida rápida, en lo que sería la cocina. Al principio me dedicaría únicamente de poner las porciones de carne congelada en el horno y de mantener los distintos contenedores con lechuga, tomate, queso, cebolla, pepinillo, etc, siempre llenos. Una semana después ya comenzaría a preparar yo mismo las hamburguesas, aunque para eso debía conocer ya lo que contenía cada uno de los diferentes tipos que se ofrecían. Conforme avanzara el tiempo y mi nivel de inglés, quizá, con suerte, tendría el honor de atender en la barra y hablar con los comensales. Pero eso ya era tener visos de mucho futuro, así que por el momento, me contenté con entrar una y otra vez en las cámaras frigoríficas buscando los distintos elementos de la hamburguesa.

Walworth Road estaba en el corazón del barrio de Elephant&Castle, que no tengo ni idea a cuento de qué le viene ese nombre. Pero estaba a un cuarto de hora andando de mi piso, por lo que podía acudir a trabajar andando sin necesidad de coger el metro o el autobús. Era un barrio eminentemente negro y, según decían, por la noche con un cierto peligro. Pero, con suerte, no tenía por qué sucederme nada. Entre mis compañeros de trabajo también predominaba la raza negra, sobre todo con tres chicas de Costa de Marfil cuya piel era absolutamente negra, sin ningún tipo de mezcla. También trabajaban conmigo un chico oriental, de China concretamente que, al llevar ya tres años allí, había ascendido hasta ayudante de dirección del local, y un chaval francés con fuerte acento galo a la hora de hablar el inglés, por lo que todavía era más difícil entenderse con él. Apenas dos días después de mis inicios en Burguer King, llegaría también una chica italiana. A pesar de tener también un fuerte acento de su idioma materno y de que sus conocimientos de inglés eran casi menores a los míos, con ella me entendía muy bien.

Así que mi trabajo en Burguer King consistía básicamente en entrar en las cámaras frigoríficas a congelarme para pasar inmediatamente al calor insoportable del horno donde tenía que depositar los pedazos de carne y a continuación recogerlos en el otro extremo sin que me salpicara y me abrasara, cosa que pocas veces conseguí, por lo que a menudo lucía unas manos y unos antebrazos plagados de pequeñas manchitas o ampollitas fruto de las gotas hirviendo de lo que fuera que despedían las hamburguesas. Y, por supuesto, entre mis obligaciones también estaba el lavarme las manos una y otra vez, cada vez que tocaba algo que no fuera alimento, cada vez que rozaba el pelo, una bolsa o algo que no tuviera nada que ver con los utensilios de cocina. Así pasaba un día tras otro, y tras otro, y tras otro. Todavía no entendía a Frank, el chico chino, que llevaba tres años haciendo ese mismo trabajo. Bueno, ahora ya se podía permitir el lujo de ordenarme que hiciera esto o lo otro.

El trabajo, tal y como me lo había imaginado, era realmente horrible. Además, estaba obligado a llevar un horroroso y viejo uniforme verde y negro y tenía la obligación de estar siempre con la gorra visera en todo momento, aunque no me viera nadie más que mis compañeros de trabajo. Aunque, bueno, puesto a buscar algo positivo, podría mencionar el buen ambiente que había entre los trabajadores.

Era como si nos solidarizáramos los unos de los otros ante la horrible labor que nos había correspondido. Era un estilo a la solidaridad que se produce entre los mineros del norte de España o de la propia Inglaterra. Era una forma de decirnos los unos a los otros “jo, vaya mierda de trabajo que te ha tocado, ya lo siento. Pero no te preocupes, que yo estoy igual”. Otra cosa más o menos positiva que podía encontrar a aquel trabajo era que la comida o la cena, lo que tocara en cada turno, salía gratis, ya que teníamos derecho a una hamburguesa que, eso sí, nos la podíamos preparar a nuestro gusto. Yo la solía coger con mucho queso y mucho pepinillo. Pero claro, teniendo en cuenta que no me gustaban demasiado las hamburguesas… me conformaba con engañar al estómago y ahorrarme lo que me costaría cenar en casa otro tipo de comida casi tan asquerosa como la hamburguesa. Y es que en Londres era prácticamente imposible encontrar unos alimentos decentes a no ser que fueran importados de otros países donde tuvieran un poco de gusto culinario. Tenía que encontrar otro trabajo como fuera.

 

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